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De la redacción de NOVA Paraguay.

Alicia Aguero ve la foto de su hermano muerto entre los pastizales y se larga a llorar. Aunque no disparó un solo tiro, no estaba armada y reclamaba lo que hoy el Estado reconoce son tierras públicas, está presa desde hace dos meses en la cárcel de Coronel Oviedo acusada de Homicidio Doloso, Coacción e Invasión de Inmueble Ajeno.

Alicia cuenta que estaba en Marina Cué porque sus hermanos le pidieron que no los dejara solos, y que la fatídica mañana el grupo campesino fue al encuentro de los policías con la intención de hablar “no a disparar o violentar”.

Dice que segundos antes de la balacera “un señor” le dio a su hijo “para que le atendiera”. El señor era Adolfo Castro (x).

“Los policías venían desde el frente y desde atrás” relata.

Cuando empieza el tiroteo, tira la criatura en un yuyal y se arroja encima para protegerla. En ese momento recibe un disparo en su pierna izquierda.

Alicia pudo ver como los policías perseguían a los campesinos que huían entre los pastizales disparando a mansalva e indiscriminadamente.

Una vez capturada, los uniformados comenzaron a interrogarla. Estaba herida y tenía una criatura en brazos, pero eso no pareció importarles.

Sin obtener ningún resultado, la llevaron detenida. Rumbo a la patrullera pudo comprobar la indiferencia policial ante los cuerpos de campesinos muertos que yacían tirados a la vera del camino.

Esta chica, que apenas supera los veinte años, asegura que no había infiltrados en el grupo de campesinos, que las armas que tenían sirven solamente para cazar animales y que no fueron sus líderes los que iniciaron la balacera.

Felipe Urbina dice haber llegado a Marina Cué a eso de las 11 de la mañana cuando “ya había pasado la guerra”. Quería ayudar a los heridos. Cuando vio que Arnaldo Quintana, con el estómago abierto por el disparo de una automática, se arrastraba tratando de cruzar un alambrado, no dudó en auxiliarlo. De inmediato, la policía se abalanzó sobre ellos.

Los efectivos lo rociaron con un gas que le quemó el cuerpo. Mientras lo patean en el suelo, intentan que responda preguntas para las que Felipe no tiene respuestas.   

La oportuna aparición de un reportero gráfico obligó a los policías a detener el castigo. Le quitaron los documentos y lo subieron a una camioneta. La paliza lo mantuvo tres días en el hospital donde lo sometieron a constantes interrogatorios.

-“Vamos a matar a tu familia si no hablas” asegura que le decían.

El domingo no aguantó más y se largó a llorar. El acoso policial era insoportable.

El informe médico de Felipe Urbina dice que las heridas no son producto ni del gas ni de los golpes, sino del impacto de las balas de goma. Lo redactó el mismo profesional que autorizó a los uniformados interrogarlo mientras estaba convaleciente.

Las palabras se atropellan en su boca. Está claro que es la primera vez que alguien escucha con atención su relato y entonces comprende que es su oportunidad de decir la verdad, su verdad, una muy diferentes a la que todos repiten.

Dice que quiere paz entre los paraguayos; que no haya nunca más otro  Curuguaty; que desea que se sepa la verdad.

Nos invita a su casa para que sepamos quien es, como vive y que conozcamos a su familia.

“No soy ningún delincuente, fui al lugar como miembro de la sociedad a rescatar personas heridas”.

Arnaldo Quintana, quien quizás le debe la vida, asiente.

El joven al que Urbina auxilio escucha atento el relato. Tampoco tiene más de veinte años. Como todos los campesinos que ocupaban el lugar, salió al encuentro de la comitiva policial con la premisa de dialogar, tal como habían acordado hacer en la reunión previa que mantuvieron todos los ocupantes. (Rubén Villalba y Avelino Espindola incluidos)

Al dirigirse hacia la comitiva, advirtieron que la policía avanzaba tanto al frente como a sus espaldas, estableciendo una especie de corralito sobre ellos.

De repente, escuchó un disparo detrás suyo. Quintana salió corriendo como el resto de los campesinos. La policía comenzó a dispararles. Lo hirieron pero logra escapar. Estaba desarmado.

“Queríamos hablar, pero ellos no quisieron hablar” sentencia Arnaldo.

Coincidencias

Todos los detenidos coinciden en que nunca se planteó la idea de resistir el desalojo, que la policía no fue emboscada y que, por el contrario, fueron los uniformados los que rodearon al grupo campesino.

Coinciden también en señalar que  a los pocos segundos de escuchar un primer tiro se desató la balacera, pero que no saben de donde vinieron ni quienes efectuaron los primeros disparos.

Estos testimonios coinciden con el de “Richard”, el menor que permanece detenido en el correccional de Villarrica, con el que estos campesinos jamás tuvieron contacto tras la masacre.

Aunque al principio se mostraron temerosos, los detenidos terminaron dando detalles que contradicen abiertamente la versión “oficial” de lo ocurrido. Casi desesperados, nos pidieron que contemos lo que vivieron. Saben que nadie los escucha y quizás esta sea la única oportunidad que tengan de decir su verdad.

(X) Adolfo Castro murió en la masacre

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