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Una amplia movilización social en defensa de la democracia y el proceso de cambio, sumada a la inteligente posición gubernamental de no caer en la trampa de la provocación, fueron los componentes clave de la estrategia político-militar con la que se desmontó un escenario de golpe de estado contra el presidente Evo Morales.

Era solo cuestión de horas para el tránsito del escenario de golpe de estado a la interrupción del orden constitucional propiamente tal. Es decir, el escenario de golpe de estado -entendido como la configuración y articulación de actores, desarrollo de métodos conspirativos y violentos, metas comunes, la aparición de un liderazgo y apoyo social-, no alcanzó un nivel de madurez suficiente para su materialización.

Solo una obtusa posición contra el gobierno o una complicidad con lo que se estaba gestando, además de una ignorancia de los temas militares, podrían conducir a negar que se estaba construyendo un escenario para un golpe de estado “suave”, el segundo que Morales enfrenta desde que asumió la conducción del país.

El desarrollo del “golpe suave”, una nueva modalidad de desestabilización fabricada en los laboratorios de la Central de Inteligencia Americana (CIA) que ya ha sido experimentada en Europa del Este y Venezuela, se fue incubando en sectores radicalizados de la ultraderecha boliviana que aprecian con temor el masivo apoyo social con el que cuenta Morales a más de seis años del ejercicio de su mandato (cuatro como presidente del estado mono-civilizatorio y dos como presidente del estado plurinacional).

Esta recreación del golpe como método para interrumpir procesos de amplia participación popular, concebidos por intelectuales como el politólogo estadounidense Gene Sharp, pasa por la puesta en marcha de varias fases, desarrolladas incluso simultáneamente, que van desde el ablandamiento, deslegitimación, calentamiento de la calle, hasta la fractura institucional.

La estrategia golpista se ejecutó con éxito en el derrocamiento del presidente georgiano Eduard Chevarnadze, en noviembre de 2003, y la ascensión al poder de Viktor Yuschenko en Ucrania, en diciembre de 2004.

Desde que América Latina y el Caribe se ha convertido en escenario de disputa entre la emancipación y la dominación, la estrategia del “golpe suave” se ha registrado a través de cinco modalidades. HaN triunfado en Honduras (2009) y Paraguay (2012), pero ha fracasado en Venezuela (2002), Bolivia (2008 y 2012) y Ecuador (2010).

Cambio de estrategias para el derrocamiento

Si concebimos que la estrategia no es algo inmutable en el tiempo, el golpe “suave”, como apuesta fundamental de la derecha boliviana, ha experimentado a la vez un cambio de sus matrices en estos seis años. Se ha pasado de la estrategia para el derrocamiento de Evo Morales a través de métodos violentos (2006-2009) a la estrategia del desgaste prolongado para la derrota del primer presidente indígena de América Latina y el Caribe (enero 2010 para adelante).

Pero la diferencia entre una y otra estrategia es el escenario de su realización. La primera se activó con la participación de grupos paramilitares en los departamentos de la llamada “Media Luna” y la segunda se está desarrollando principalmente en el occidente. No hay duda, la apuesta es por quebrar donde más fuerte es el proceso de cambio y el liderazgo de Morales.

Con ambas estrategias de “golpe suave” se ha apostado y seguramente se lo seguirá haciendo al objetivo fundamental de provocar la renuncia del presidente Evo Morales y lograr la “reversión” de la revolución más profunda que vive este pequeño país ubicado en el corazón de Sudamérica y obviamente la convocatoria a elecciones anticipadas.

El “golpe suave” en su segunda modalidad

Cuando Evo Morales fue electo con el 64% en diciembre de 2009 -las primeras elecciones bajo la nueva Constitución Política del Estado-, era previsible que la derecha iba a cambiar de métodos tácticos y de escenarios en la materialización de su estrategia contrarrevolucionaria y subversiva.

Los métodos tácticos basados en la apropiación del discurso de cambio (apareciendo como más consecuentemente militante de la CPE) han buscado, desde enero de 2010, montarse sobre conflictos sociales protagonizados por organizaciones y movimientos sociales con expectativas sobredimensionadas y en un momento de retorno a los particularismos.

El eje central de la conspiración ha sido y será el surgimiento y crecimiento la conflictividad social y la generación de una “sensación térmica” de ingobernabilidad, de tal manera que meta al país a un callejón sin otra salida que la de colocar en tapete el cuestionamiento de la continuidad del proceso de cambio. La conflictividad social es presentada como un divorcio entre el gobierno y los sectores sociales indígenas, campesinos y populares, cuando en rigor lo que se está viviendo es una relación de correspondencia no armoniosa que en ningún caso implica una ruptura.

No es que cada conflicto social sea el resultado de una capacidad organizativa de la derecha, pues eso sería darle más fuerza de la que realmente tiene, pero también sería ingenuo ignorar que no hay movilización social en la que la oposición desestime montarse -con recursos, infiltrados u otras formas- para llevar agua a su molino.

En ese contexto es que, tras fracasar el intento de la derecha de involucrar a las Fuerzas Armadas en sus planes desestabilizadores (2006-2009), la Policía se ha convertido para la embajada de Estados Unidos en otro de sus actores principales para la construcción permanente de la subversión. El esfuerzo a desplegar tampoco es mucho, ya que esta fuerza del aparato estatal -todavía no transformada radicalmente a pesar del Patria o Muerte con el que cierran sus principales actos-, ha tenido desde hace años una relación carnal con la legación estadounidense y sus servicios secretos de inteligencia, como la CIA y el FBI.

En lo más cercano en el tiempo, esta estrategia hacia el aparato armado encargado de garantizar el orden público interno se desarrolló con mayor fuerza desde febrero pasado, cuando el entonces Alto Mando policial descubrió una operación clandestina de la embajada de los Estados Unidos para el traslado de armas, municiones y equipos de telecomunicaciones del departamento del Beni al departamento de Santa Cruz. Dos oficiales bolivianos -de los que uno es el jefe de seguridad de la embajada estadounidense-, fueron detenidos en plena ejecución de la operación.

La embajada no iba a quedarse con los brazos cruzados y aprovechó una oportunidad para cortar la cabeza del general Jorge Santiesteban, quien además fue un actor clave para desmontar en abril de 2009 los planes desestabilizadores y de magnicidio de un grupo paramilitar integrado por extranjeros a iniciativa de la ultraderecha. Una denuncia sobre el ingreso irregular de 54 jóvenes a la Academia Nacional de la Policía, cuyos orígenes todavía no son claros, fue el instrumento funcional al desarrollo creciente de la conspiración desde la Policía. El nombramiento del Coronel Maldonado como sustituto no frenó el plan, sino más bien incorporó otro factor de malestar en las filas policiales: no egresó de la academia.

Entonces, apoyados en una reivindicación, bastante comprensible por las condiciones de trabajo y las salariales de los policías de base, se activó un amotinamiento que se veía venir y se pasó aceleradamente de la movilización por demandas justas a la construcción de un escenario de golpe de estado, entendido éste concepto como el impulso de medidas activas, propias y ajenas, para generar crisis política, aparente o real, en la perspectiva de su articulación para interrumpir el orden constitucional.

El escenario de golpe se caracterizó por: la toma violenta de la UTOP (para reeditar simbólicamente los hechos de febrero de 2003), la deliberación, el uso de capuchas y la exhibición de armas, la quema de documentación, la participación de ex policías y el auto-ascenso de grado de uno de ellos, la designación no institucional de la ex esposa de un policía como defensora del policía, el ingreso de armas de grueso calibre a las unidades de La Paz, Cochabamba y Tarija, las arengas políticas contra el presidente Evo Morales, la búsqueda de otros aliados contrarios al gobierno y los atentados dinamiteros contra la Asamblea Legislativa Plurinacional, el Palacio de Gobierno y Radio Patria Nueva.

Las aspiraciones golpistas se nutrían de la esperanza de que, en el tiempo, convergieran otros tres elementos: que la marcha indígena llegara antes del plazo previsto, que el gobierno sacara a los militares de los cuarteles, y que otros sindicatos radicalizados se sumaran a la protesta. El objetivo, generar una “sensación térmica de ingobernabilidad” y provocar la muerte de algunos civiles, policías y militares para convulsionar el país y dar el zarpazo final.

El escenario de golpe se desactivó, por el contrario, por las siguientes razones: una mayoría de los indígenas de la marcha aprobó la línea de aplazar su arribo a la sede de gobierno por 24 horas, el presidente Evo Morales ordenó a las fuerzas armadas no salir por ningún motivo, los militares pasivos no lograron agitar las aguas dentro de los militares activos, los maestros y trabajadores de la salud no acataron la convocatoria de sus dirigentes y la ausencia de liderazgo fue notable.

Pero si hay algo que contribuyó a desactivar el escenario de golpe de estado fue la combinación de dos factores: primero, la resistencia del gobierno para no caer en la provocación y la creciente movilización social en varios departamentos del país y particularmente hacia la ciudad sede de gobierno. Los campesinos y trabajadores, abandonaron sus intereses particulares y protagonizaron una poderosa movilización social en ascenso. Como las victorias conquistadas desde 2006, la derrota de los afanes golpistas solo fue posible por la combinación del poder del estado y el poder del pueblo en las calles.

El uso de los medios de comunicación

Esta nueva modalidad golpista tendría pocas posibilidades de éxito sin el aporte, directo o no, de los medios de comunicación privados que se encargan de reproducir y amplificar en detalle los gritos de la oposición y de callar las medidas y los reclamos del oficialismo.

Es una locura orientar el dedo en alguna dirección, pero la experiencia de Ucrania, Georgia, Venezuela, Ecuador y la de Bolivia, que experimentaron la fuerza del “golpe suave”, confirma el uso que los conductores de la desestabilización hacen de climas construidos por ciertos criterios informativos, por muy inocentes que resulten siendo una parte de ellos.

También, coincidencia o no, esta suerte de coordinación mediática se ha producido a partir de que Morales asumió la conducción del país, ya sea para dar cuenta de una posición frente a la nacionalización del petróleo y la Asamblea Constituyente, según puso en evidencia el Observatorio de Medios de la Fundación UNIR, o en torno a las consultas por los estatutos autonómicos, la elección de Prefecto en Chuquisaca y el referéndum revocatorio de mandato. Todos en el período 2006-2009.

A partir de enero de 2010, la ofensiva mediática se ha ampliado y ha cambiado de orientación. Ha pasado de legitimar la violencia paramilitar a construir al menos las siguientes matrices de opinión: Evo, enemigo de los indígenas; Evo, desarrollista y enemigo de la Madre Tierra; Evo, permisible con el narcotráfico; Evo, autoritario (violador de los derechos humanos y la libre expresión) y Evo aliado de países que alientan el terrorismo.

Llama la atención que importantes medios de comunicación hayan contribuido -premeditadamente o no- al escenario de golpe de estado al hacer énfasis en las precarias condiciones de los policías (que nunca fue negado por el gobierno) antes que alertar sobre los métodos y las formas violentas en que se desplegaba el motín policial.

Una revisión de las editoriales, de los titulares y de las fuentes consultadas permite apreciar, sin mucho esfuerzo, elementos comunes en varios medios de comunicación privados de su posición frente al gobierno y que han sido utilizados por la oposición en todos sus ámbitos.

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RECUADRO

Las etapas del “Golpe Suave”

De acuerdo al politólogo estadounidense Gene Sharp, la estrategia del “golpe suave” puede desarrollarse por etapas jerarquizadas o simultáneamente. En el caso boliviano más o menos es de la siguiente manera.

1ra etapa: ablandamiento (empleando la guerra de IV generación)

• Desarrollo de matrices de opinión centradas en déficit reales o potenciales.
• Cabalgamiento de los conflictos y promoción del descontento.
• Promoción de factores de malestar, entre los que destacan: desabastecimiento, criminalidad, manipulación del dólar, paro patronal y otros.
• Denuncias de corrupción, promoción de intrigas sectarias y fractura de la unidad

2da etapa: deslegitimación

• Manipulación de los prejuicios anti-comunistas.
• Impulso de campañas publicitarias en defensa de la libertad de prensa, derechos humanos y libertades públicas.
• Acusaciones de totalitarismo y pensamiento único.
• Fractura ético-política.

3ra etapa: calentamiento de calle

• Cabalgamiento de los conflictos y fomento de la movilización de calle.
• Elaboración de una plataforma de lucha que globalicen las demandas políticas y sociales.
• Generalización de todo tipo de protestas, exponenciando fallas y errores gubernamentales.
• Organización de manifestaciones, trancas y tomas de instituciones públicas que radicalicen la confrontación

4ta etapa: combinación de diversas formas de lucha

• Organización de marchas y tomas de instituciones emblemáticas, con el objeto de coparlas y convertirlas en plataforma publicitaria.
• Desarrollo de operaciones de guerra psicológica y acciones armadas para justificar medidas represivas y crear un clima de ingobernabilidad.
• Impulso de campaña de rumores entre fuerzas militares y tratar de desmoralizar los organismos de seguridad

5ta etapa: fractura institucional

Sobre la base de las acciones callejeras, tomas de instituciones y pronunciamiento militares, se obliga la renuncia del presidente.
En casos de fracasos, se mantiene la presión de calle y se migra hacia la resistencia armada.
Preparación del terreno para una intervención militar del imperio o el desarrollo de una guerra civil prolongada.
Promoción del aislamiento internacional y el cerco económico.

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